viernes, 30 de septiembre de 2011

Sin respuestas


Quién necesita del otro? De todo, de la mirada.
Quién necesita del abrigo? Del frío, del invierno helando la piel
Quién vende besos? De otoño, de papel, de ilusiones sin remedio
Quién tiende una mano sin vanidades ni olvidos? Sin rencor ni muerte en la soga del tiempo? Quién puede pulir el cielo sincero de todos mis amaneceres sin vos?

jueves, 29 de septiembre de 2011

Malas noticias


Afirmaciones que se enfrentan con el instinto de supervivencia.
Que van en contra de los deseos no por no querer cambiar la forma de jugar, sino por nunca haber querido jugar tan mal.
Malas noticias que atentan contra la estabilidad emocional que ahora parece caminar por una soga o un tibio y delgado cordón.
El desenlace, hoy subterráneo desenlace, pero el tiempo me enseñó a amar la trama más que al desenlace.

Jorge Drexler - La trama y el desenlace

martes, 20 de septiembre de 2011

Fabiana y Juan


Estaba acostada, temía del ruido de los placeres.
Ella estaba en la esquina de la cama, en el borde, casi cayendo.
Él estaba acostado, con el pecho desnudo, intentando no mirarla al hablar.
Ella se dió cuenta de su desaire, intentó entonces conquistarlo como una niña que juega a ser mujer por un rato, pero nada tenía sentido. Ya todo estaba demasiado roto.
Pasaron cinco miuntos, y Fabiana decidió besarlo, se acercó hasta él y le dió un beso tímido pero lleno de amor. Él la miró con los ojos abiertos todo el tiempo, ni un gesto ni un beso cambiarían nada, Juan estaba demasiado cansado.
Pasaron unos minutos más y luego Juan decidió irse. Se puso la ropa, levantó sus cosas del suelo y se marchó.
Sin decir ni una palabra, cerró la puerta. Una triste sonrisa salió de Fabiana, casi sin pensar.
Dos meses después Juan volvió a buscarla pero ella ya estaba demasiado lejos.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Crónica del último viaje


A diferencia de Colón o Paraná, la ciudad de Concepción del Uruguay está mucho mejor dispuesta al turismo. Al recorrer la provincia de Entre Ríos, los distintos departamentos muestran un paisaje que cambia, no sólo para el álbum de fotos. Llegamos a mediados de enero en una de las mañanas más calurosas del mes. En la terminal ubicada a diez cuadras del centro comercial no corría aire y los ventiladores no funcionaban. Los vendedores ambulantes y la voz nasal de una mujer en el altoparlante, terminaban de vestir un mapa típico de turistas, viajeros y micros.
Los ciudadanos de Concepción son cálidos y en seguida orientan a los visitantes. Los precios son accesibles tanto para acampar como para alquilar una cabaña o departamento y lo mejor de la ciudad es que lugares para visitar como  museos o plazas, están muy bien adaptados al turismo, más que en otras partes de la misma provincia.
La parada inicial fue a las diez de la mañana en la casa de una tía del que en ese momento era mi novio, Rodrigo. Nos recibió una señora de 86 años que vivía en un caserón, estaba algo ciega y no podía movilizarse con facilidad. Mientras tomábamos mates, llegó Sara, la prima de mi novio y Manuel, su marido. Nos preguntaron si queríamos conocer el puerto y sin dudas aprovechamos la invitación y el lindo día que había en Entre Ríos. Tomamos un remis que a penas nos cobró pocos pesos por un viaje de 30 cuadras. En esta provincia, las remiserías tienen precios exageradamente accesibles, incluso son mucho más baratos que los colectivos. Al llegar al puerto empecé a tomar fotografías de los barcos, del río y de los árboles. Íbamos bajando una colina, cuando siento en mi bolso la vibración del celular.
-         “Hola Ann, cómo estás?”era mi hermana. En ese momento dudé de si había llamado a mi papá para avisarle que habíamos llegado bien.
-         ¿cómo estás pasó algo?
Con la voz mareada y confundida me dice que si.
-         ¿Qué pasó?
Se escuchó un silencio eterno del otro lado y le repetí, casi gritando: - ¿Qué pasó decime?
Y escuché las dos peores palabras que oí en mi vida: - Falleció mamá.
Un mar de lágrimas se adueñó repentinamente de mis ojos, ya no veía nada y tenía completamente nublada la vista, como ahora al recordar.
No pude entender y creo que nunca entendí del todo.
Mis cuerdas vocales se adueñaron de mí y contesté ¿Que?¿Me estás cargando? ¿Me estás hablando en serio? ¿Qué decís? ¿Por qué? ¿Qué pasó?
Todas mis preguntas no tenían respuesta. O mejor dicho, nada de lo que me dijeran aliviaría todas las sensaciones difíciles y pesadas que sentí. Sólo sabía que un estúpido cáncer había terminado con la mujer que amé y me supo amar.
Mi novio me abrazó en silencio o yo no escuche sus palabras. La prima de él lloraba, Manuel miraba sorprendido. Rodrigo me decía “tranquila, tranquila” mientras me acariciaba el pelo. Yo sólo quería estar en Buenos Aires con mi mamá, salir corriendo de ahí, despertarme o morir.
Al día de hoy, no recuerdo como fue que al rato estaba sentada en un micro. Pasaban la película “Sol de otoño”. Sentía los ojos de los demás pasajeros en mí, de toda la gente que tenía cerca, supongo que se habrán preguntado ¿Por qué llorará tanto esta chica?
Yo no paraba de llorar y el clima en el ómnibus era otro: verano, vacaciones, pileta, río, sol.
Mi celular se estaba quedando sin batería y yo también. Me dieron algo de comer y tomar, dejé todo a un costado. El viaje fue eterno, ya no soportaba más el micro.
Me faltaba el aire pero me encerré en el baño a llorar e intentar respirar por la ventana circular típica de los ómnibus, pero era peor, estaba ahogada.
Volví al asiento, tenía los ojos y la mirada perdidos. Flashes de imágenes iban y venían en mi cabeza. Recordé cuando fui abanderada, los actos del colegio, las caricias en el pelo durante la sobremesa, los mimos en la espalda y los abrazos infinitos. Todos mis dibujos, mis cartas, mis regalos hacia ella. Todo su amor hacia mí, y su ausencia que siempre sentí aún cuando estaba conmigo, ausencia que sabía nunca más terminaría.
Con todo el dolor que sólo entienden los que perdimos tan jóvenes/niños a una madre o un padre, con todo ese inmenso dolor a cuestas y en mi espalda, bajé del micro. Tomé un taxi hacia la funeraria y al llegar lloré en los brazos de mi papá y mi hermana.
Quise ser fuerte y que no me vieran así pero fue inevitable, no pude ser fuerte.
Entré al cuarto donde estaba el cuerpo de mi madre. La vi de lejos, inerte, quieta, muda. Su blancura, sus pestañas, sus cejas duras y sus labios sin color. Una inminente palidez la envolvía, sus ojos cerrados, su mueca impávida y su terciopelo en la piel me restaron ganas de respirar. Un grito hondo salió de mi pecho pidiendo auxilio, suplicando. La lluvia empezó a caer por la ventana, el día se vistió de gris y mis ojos no pararon de derrumbar todos los mares. Desde ese viaje, desde ese momento yo ya no fui la misma nunca más.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mi peor amiga


De pronto llegué a la habitación y los encontré en mi cama. Abrazados, desnudos y apenas tapados con mis sábanas. Ella se veía pequeña al lado de él y parecía sonreír tenebrosamente. Él tenía risa de costado, cínica y formal con una expresión similar a la que tiene alguien que está "atrapado" o "sorprendido".
Llegué a decir "Ay..." y cerré la puerta de un leve portazo. 
No me acuerdo si dije "No lo puedo creer" o "Ya está, ya está" o simplemente tartamudeé como cuando me pongo extrañamente nerviosa.
Creo que cualquiera de esas dos expresiones hubieran quedado bien. Por un lado, no puedo creer que mi mejor amiga se acueste con un ex/actual que significó tanto en mi vida y encima tenga el tupé de hacerlo en mi propia casa, en mi cama, en mis sábanas...
Por otro lado pienso que con esto, ya está. Él ya cerró todas las puertas para mí y yo, con este episodio y con todos los anteriores que pasamos, también. Debo cerrar todas y cada una de las puertas pero, esta vez sin dejar ni una sola gota de aire, luz o ventilación posible, para que no se escabulla de nuevo nunca más.
Los nervios eran lógicos, era una situación incómoda y abiertamente desprovista de códigos. Mi mejor amiga ¿no pudo recordar todo lo que lloré por EL? ¿Todo lo bueno y malo que viví durante y después de estar con él? ¿No pudo pensar en mi felicidad de esos momentos? 
Pero creo que sólo con recordar que aún hoy "seguimos juntos" es suficiente para evitar acostarse con él.
¿Tan difícil es entender que me gusta? ¿que pese a todo, me sigue gustando? ¿que más allá de todo, tenemos una conexión física que puede quebrar y pasar todas las fronteras, ¿que cada vez que nos vemos, al menos ese rato, somos "uno"?
De él no puedo ni tengo nada que decir. En cierta medida acepte este libertinaje entre nosotros. Ni él me puede criticar ni yo a él. Fuimos siempre libres...pero, ¿tenía que ser con ella? ¿tenía que ser con mi mejor amiga?

lunes, 12 de septiembre de 2011

Idea del presente


Coqueteando con la frívola idea del adiós, esperando que algún día vuelvas a buscar mi sonrisa.
Miro el cielo y encuentro un enorme resplandor amarillo, casi quieto, diciéndome que tengo que salir a encontrarme.
Es tiempo de volver a las cenizas de mi cuerpo y arrastrarme por el pasto hasta volver a florecer.
Es tiempo de jugar la última ficha del presente y no volver la vista hacia atrás.


viernes, 9 de septiembre de 2011

Arde


Me arde como un pez,
como una boca,
como la boca de un pez en el anzuelo.
Como miles de cuchillos afilados metiéndose por la nariz.
Me arde como el jugo del limón en una herida, como los dedos cuando te cortas con las hojas de los libros.
Como el sol de golpe en los ojos cuando te despertas de la resaca o como cuando te pisan los dedos de los pies.
Me arde como cuando pasa el suero por las venas o cuando te dan el pinchazo para sacarte sangre, así... como todo eso junto, me quema.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Fibra de la música


Una mano trae la otra, casi por piedad.
La bailarina se acerca al espejo, mira su rostro simétrico y ovalado junto a la barra.
Los dedos de las manos se arquean para continuar el deslizamiento eterno de los músculos.
La fibra de la música entra en ella hasta permitirle soñar.
Los pasos mueven el piso de madera y lo hacen crujir. Los compases de la música entran en su espina dorsal hasta estirarla y enfrentarla de nuevo con la barra, con el espejo y con ella misma.
Coloca su espalda recta, respira profundo y continúa el movimiento.

martes, 6 de septiembre de 2011

Impuntual



Dejé tendido el libro en la página 51. Llené la pava, y la puse a calentar esperando al lado, impaciente. No entiendo por qué cada vez que enciendo el fuego con un fósforo, me trago el primer humo que sale, casi por inercia.
Miro el celular con la misma inercia con la que me tragué el humo. No ha cambiado nada, salvo una cosa: pasó un minuto.
“No va a venir, es un cagón”, pienso mientras la pava es eterna y Juan lleva un minuto de impuntualidad.
Detesto la demora, y esperar. Mi papá decía que se es tan impuntual llegando antes como después. Lo trágico o aún más detestable es no llegar.
Me acuesto inmediatamente, la pava sigue hirviendo en la cocina. Me refugio en el diván del living como si fuera la segunda guerra mundial. El diván es mi trinchera, me tapo la cara con Agua Viva, el libro que antes detuve en la página 51.
¿Como un encuentro (que es todos los encuentros) ¿termina así?
Los jazmines del patio me llaman, todavía hay sol y estamos en primavera. Siento a las abejas bailar entre las flores del jardín y como las pequeñas hojitas de los crisantemos se mueven por el viento. Las risas de las niñas de mi vecina Alejandra, impactan con un rebote intenso en mi medianera. Todo es color de rosas por un rato, hasta que me doy cuenta que pasaron ocho minutos.
¿Cómo puede demorarse tanto una persona? Vivimos a penas a 15 minutos de colectivo. ¿Es posible que le haya pasado algo? O simplemente prefirió el silencio interminable y lleno de excusas de color gris?
Clarice Lispector vuelve a ser mi refugio. Estoy triste y algo antipática. Si viene ahora, ya no seré la misma Tamara de antes.
Suena mi celular, no quiero atender, pero mis manos con prisa acuden al llamado. Es Juan…claro!
“disculpame negrita, no voy a poder ir, me surgió algo impostergable, nos hablamos ¿si?” o “Bonita, te pido disculpas pero no voy a visitarte, estoy enfermo, tengo fiebre y me estoy yendo a la guardia” o el preferible y deshonesto (pero divertido) “Tami, acabo de subirme a un unicornio azul que me lleva a la isla del tiempo perdido, paso unos meses ahí, cuando vuelva nos hablamos”.
Pensando todo esto y -como quería- el teléfonito dejó de sonar. “Usted tiene un correo de voz, presione send para escucharlo”. Me llega un frío mensaje de texto de la compañía. Presiono send o ¿lo dejo latiendo eternamente?
Vuelvo a la página 51, caliento el agua nuevamente. Trago el humo del fósforo y me olvido de todos y de Juan, por un rato.

viernes, 2 de septiembre de 2011