lunes, 5 de junio de 2017

Sobre el dominio




Cuando una imagen llega y me domina es casi imposible desviarme de esa escena. Pero tiene que haber una fuerza que arrastre y movilice todo eso hacia mí. A veces es espontánea y otras es planeada o a raíz de algo que me quiebra. Entonces me figuro de gestos, palabras, risas, modales y tonos de voz. Construyo cada pequeño fragmento de lo dicho, de lo omitido, de lo que se hubiera querido decir. Me concentro en los detalles, en lo que él observó de ella, lo que ella observó de él, en cómo los dos jugaron a algo sin saberlo, en como, a ninguno, le importó el juego y así divago entre las sombras de lo real y lo posible. Todo se configura fácil en mi cabeza y después es casi imposible apartarme de esa imagen cuando ésta me perturba o es lo suficientemente fuerte. Toda esa construcción después se va a los dedos que tipean o a la mano que escribe, furiosa, en el cuaderno. Nada puedo hacer con eso y a veces, es tan fuerte y tan intenso, que esa sensación que tengo por lo que vengo construyendo, se traspola a la vida real y si lo que escribo me irrita, me entristece o me gusta, eso mismo se traspasa en mi cara, mis gestos y mi tono. Es como si, de golpe, lo que escribo viviera en mí.

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