jueves, 12 de mayo de 2016

No tengo una voz | Fragmento de "Todos. Nunca. Nada"







No tengo una voz. Para cuando quiero empezar a tener una voz todos los colores se me desdibujan y es entonces cuando pienso que lo mejor sería dejar toda esta estúpida idea de escribir y hacer otra cosa. Escribir es una especie de prueba de fuego donde el objetivo no es cruzar la línea, sino hacerla arder, pero para que el fuego arda hay que encender, primero, las llamas. Pero no me es fácil encender las llamas, no me es fácil reconstruir el fuego interno que me surge desde una voz muda, que no quiere salir. Y la siento, eso es lo peor… siento la voz, la pulsión y las palabras, pero no me sale el tono, la textura, la forma. Ronda entonces la vieja lucha interna por una forma que no es forma sino música, sonoridad. Quiero decir con palabras aquella música que aún no escucho pero existe. Es como si mis ideas no tuvieran bit y entonces hacen un sampleo horrible de sonidos baratos de consola. Escribir es una especie de construcción silenciosa que abunda detrás de los sonidos de la cabeza; porque las palabras no son palabras sino sonidos que se van asemejando a una música y luego suena todo junto y todo junto forma un sueño que sueña lo que se oye en el viento.
Dejo la computadora y voy por una taza de café. Chequeo el celular y busco —inútilmente— algún mensaje de Martín. Nada. Pasaron dos meses desde le mandé el último mail; el famoso mail y a esta altura debería entender perfectamente qué significa este silencio tibio que decretó sin una respuesta. Pero no. Por alguna estúpida razón voy de nuevo a la idea y me ahogo en un loop de pensamientos que no cortan nunca el cordón. ¿Pasará algo que me haga olvidar?, me pregunto todos los días y tampoco tengo respuesta.