martes, 13 de mayo de 2014

Dolor vivo

A primera vista algunas cosas parecen del mismo orden pero en realidad no lo son: el dolor y el amor; el dolor entre el dolor y el dolor después del amor. También hay una distinción concreta y posible del dolor entre el dolor. El dolor eventual es concreto: viaja por el cuerpo durante un período, no se expande, avanza rápidamente. Es silencioso e invasivo, pero no es de raíz. En cambio, el dolor residual sigue cavando profundo, una y otra vez, una y otra, y otra y otra vez. Ya no se trata de lograr que ese dolor pase, ni de atravesarlo, ni siquiera se trata de dejar de pensar en eso para que se duerma. No se anestesia. Sigue. Está tan vivo como lo están todas las demás cosas, incluso el amor. Es expansivo, se contrae, se estira, no avisa, existe. Existe más allá de la imposibilidad de todo lo que rodee el dolor. Es tan puro, tan intacto y tan fuerte que —en algún lugar— sigue siendo amor. 
¿Cuánto se pierde hasta entender cada forma? ¿Cuándo deja de ser uno para empezar a ser otro? ¿Qué otras segmentaciones se desprenden dentro de cada una de las variantes que padecemos? ¿Hasta dónde cabe empujar todo para superar el dolor?