martes, 22 de abril de 2014

Foja cero


No se elige. Definitivamente uno no elige de quién enamorarse. Uno se enamora. Se enamora y punto. Uno se enamora y entiende que el otro es parte necesaria de un refugio cotidiano. Uno se enamora y cree que el otro atiende nuestra mirada, conoce nuestros sentimientos y alisa con sus besos cualquier tempestad. Uno se enamora y no elige. No elige que a partir de ahora, de ahora en más, sólo existirá el dolor de la ausencia del otro, la ansiedad de un mensaje que no llega, o la ridícula manía de iniciar conversaciones inconducentes, irrelevantes, muertas. No elige pasarse minutos enteros del día mirando fotos robadas, pensando alguna frase dicha o incluso analizando los detalles de algún gesto trascendental que vuelve todo, todo, todo a foja cero. Uno se enamora y no hay manera posible de encausar lo que antes era más o menos predecible, lo que antes pertenecía al orden de las cosas coherentes que podían llegar a suceder, incluso cuando antes, nada era definido u advertido, y el don de fluir encausaba los días. Todo sucede porque uno se enamora y se hace carne en ese deseo irremediable de querer amar, de querer sentir, de querer gritarle al mundo que no hay nada ni nadie mejor que esa persona que gracias al azar o a la ruleta volvió todos los días inabarcables, únicos, impredecibles.  

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