jueves, 20 de febrero de 2014

Ojos misteriosos


Había llegado la hora. El sonido de la música se expandía en sus oídos. Tenía que recomenzar el camino andado pero tenía que hacerlo sola. Ya no tendría más el juego cómplice de Facundo. Había caído en una tentación circular. Había caído en aquello que temía caer desde hacía tiempo. Sin embargo, Ana entendía que era lo mejor para ella y para él. No dudaba tanto, pero pensaba demasiado. Pensaba en todas las preguntas que flotaron en su mente durante los últimos tres meses: ¿Cómo se puede salir de una relación cuando las cosas fluyen? ¿Cuándo empieza a pesar tanto la sombra del otro? ¿En qué momento todo deriva en una búsqueda sin suerte? ¿Se puede vivir sin deseo?

Mistery eyes, don't you recognize me?
I know it's been a long time, long time, but Baby, don't you see?

Su mente repetía el mismo verso, una y otra vez. La canción de Richard Lloyd rebotaba en su mente y a veces no encontraba escapatoria. El encierro emocional que vivía, la sumía en períodos de tristeza y euforia. A veces lloraba y se desvelaba por las noches tratando de encontrar una solución. Otras noches, simplemente, imaginaba cómo sería su vida sin Facundo. Al principio sentía miedo. Luego, el miedo decantó y pudo ver las cosas con más calma. No sólo se trataba de romper con el orden anterior, sino, también, de encontrarle una vuelta al mundo que la rodeaba y que, en algún momento, no la rodearía más. 

Pasaron los meses y los dos se fueron alejando. El amor no había terminado pero sí había terminado el pacto invisible que los determinaba a unirse, incluso cuando ya no había una estructura de pareja que perpetuara la unión. Los dos pasaron lo peor. Los dos se sintieron morir pero lo atravesaron juntos. No había nada de malo en no sentir más al otro, sino que ahora podían sentirse a sí mismos y eso era lo que, por fin, habían descubierto.

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