martes, 13 de mayo de 2014

Dolor vivo

A primera vista algunas cosas parecen del mismo orden pero en realidad no lo son: el dolor y el amor; el dolor entre el dolor y el dolor después del amor. También hay una distinción concreta y posible del dolor entre el dolor. El dolor eventual es concreto: viaja por el cuerpo durante un período, no se expande, avanza rápidamente. Es silencioso e invasivo, pero no es de raíz. En cambio, el dolor residual sigue cavando profundo, una y otra vez, una y otra, y otra y otra vez. Ya no se trata de lograr que ese dolor pase, ni de atravesarlo, ni siquiera se trata de dejar de pensar en eso para que se duerma. No se anestesia. Sigue. Está tan vivo como lo están todas las demás cosas, incluso el amor. Es expansivo, se contrae, se estira, no avisa, existe. Existe más allá de la imposibilidad de todo lo que rodee el dolor. Es tan puro, tan intacto y tan fuerte que —en algún lugar— sigue siendo amor. 
¿Cuánto se pierde hasta entender cada forma? ¿Cuándo deja de ser uno para empezar a ser otro? ¿Qué otras segmentaciones se desprenden dentro de cada una de las variantes que padecemos? ¿Hasta dónde cabe empujar todo para superar el dolor?

lunes, 28 de abril de 2014

Con tu mirada


No te veo y pierdo.
No te veo y siento ausencia.
¿Cuántos silencios más diremos con palabras?
¿Cuántos sabores más tendremos que sentir para besarnos?

Te estás llevando todo.
       [Todo]
Todo lo mío se va con tu mirada.

Me quedan pequeñas partículas de aire
me queda el impulso
me queda salvarme con vos, para salvarte.

¿Cuántos silencios más ocultarán mis palabras?
¿Cuántos olores más recordaré para tenerte?

Te estás llevando todo.
       [Todo]

Todo lo mío se va con tu mirada.

martes, 22 de abril de 2014

Foja cero


No se elige. Definitivamente uno no elige de quién enamorarse. Uno se enamora. Se enamora y punto. Uno se enamora y entiende que el otro es parte necesaria de un refugio cotidiano. Uno se enamora y cree que el otro atiende nuestra mirada, conoce nuestros sentimientos y alisa con sus besos cualquier tempestad. Uno se enamora y no elige. No elige que a partir de ahora, de ahora en más, sólo existirá el dolor de la ausencia del otro, la ansiedad de un mensaje que no llega, o la ridícula manía de iniciar conversaciones inconducentes, irrelevantes, muertas. No elige pasarse minutos enteros del día mirando fotos robadas, pensando alguna frase dicha o incluso analizando los detalles de algún gesto trascendental que vuelve todo, todo, todo a foja cero. Uno se enamora y no hay manera posible de encausar lo que antes era más o menos predecible, lo que antes pertenecía al orden de las cosas coherentes que podían llegar a suceder, incluso cuando antes, nada era definido u advertido, y el don de fluir encausaba los días. Todo sucede porque uno se enamora y se hace carne en ese deseo irremediable de querer amar, de querer sentir, de querer gritarle al mundo que no hay nada ni nadie mejor que esa persona que gracias al azar o a la ruleta volvió todos los días inabarcables, únicos, impredecibles.  

jueves, 17 de abril de 2014

bis



Escribir es experimentar silencios que duelen y dan placer. Cuando escribimos hablamos más del silencio que de nosotros mismos y esa es la mejor de las vivencias.

jueves, 20 de febrero de 2014

Ojos misteriosos


Había llegado la hora. El sonido de la música se expandía en sus oídos. Tenía que recomenzar el camino andado pero tenía que hacerlo sola. Ya no tendría más el juego cómplice de Facundo. Había caído en una tentación circular. Había caído en aquello que temía caer desde hacía tiempo. Sin embargo, Ana entendía que era lo mejor para ella y para él. No dudaba tanto, pero pensaba demasiado. Pensaba en todas las preguntas que flotaron en su mente durante los últimos tres meses: ¿Cómo se puede salir de una relación cuando las cosas fluyen? ¿Cuándo empieza a pesar tanto la sombra del otro? ¿En qué momento todo deriva en una búsqueda sin suerte? ¿Se puede vivir sin deseo?

Mistery eyes, don't you recognize me?
I know it's been a long time, long time, but Baby, don't you see?

Su mente repetía el mismo verso, una y otra vez. La canción de Richard Lloyd rebotaba en su mente y a veces no encontraba escapatoria. El encierro emocional que vivía, la sumía en períodos de tristeza y euforia. A veces lloraba y se desvelaba por las noches tratando de encontrar una solución. Otras noches, simplemente, imaginaba cómo sería su vida sin Facundo. Al principio sentía miedo. Luego, el miedo decantó y pudo ver las cosas con más calma. No sólo se trataba de romper con el orden anterior, sino, también, de encontrarle una vuelta al mundo que la rodeaba y que, en algún momento, no la rodearía más. 

Pasaron los meses y los dos se fueron alejando. El amor no había terminado pero sí había terminado el pacto invisible que los determinaba a unirse, incluso cuando ya no había una estructura de pareja que perpetuara la unión. Los dos pasaron lo peor. Los dos se sintieron morir pero lo atravesaron juntos. No había nada de malo en no sentir más al otro, sino que ahora podían sentirse a sí mismos y eso era lo que, por fin, habían descubierto.

lunes, 13 de enero de 2014

Desterrado(s)


Lo mejor de todo fue desterrarte. Desterrarte del lugar donde hacía mucho necesitabas irte. Ni te quejaste. Te fui sacando lento, despacio. Después fui abrupta. Vos estabas quieto. No dijiste demasiado, como siempre. Mientras te arrastraba, sólo una vez me miraste y dijiste: ¿estás segura? y yo pensé y respondí ¿cómo no estarlo? llevas tantos años en ese lugar que ya debería haber olvidado por qué estás ahí. Pero no, no olvido. Algunas cosas no se olvidan y persisten, pese a los esfuerzos que pongamos. Pese a que la memoria del cuerpo quiera recuperar otras memorias y traer viejos recuerdos. Pese a que el tiempo pasado tendría que colaborar con la idea de no tenerte. Algunas cosas no se olvidan. Algunas otras, todavía, valen la pena.
Supongo que alguna vez tenía que pasar, alguien o algo tenía que sacarte. No decir más tu nombre. No cometer el mismo error del recuerdo mezclado con nostalgia. No desear más tu estampa, tu tacto o tu piel. 
No desear más es también parte de un aprendizaje y parece que últimamente, el deseo pone en jaque más de lo que quisiéramos creer. Pero ya no digo tu nombre, no lo escucho, no lo pienso. No lo siento más.

martes, 7 de enero de 2014

No decía pero quería


Yo no decía
que las hojas y los pájaros se parecían. 
a vos.

No decía que las sombras
se hacen más pequeñas 
si las miro 
a través de vos.

Yo no decía 
que las lombrices me comen entera
ni que las lagartijas 
preguntan en verano
por vos.

No decía que había tormentas
que se hacían y se decían
sin tu nombre
en el balcón
hasta llegar
a vos.

Yo
lo único que quería
era un silencio
huérfano
o inmóvil.