miércoles, 20 de marzo de 2013

Prisionera


Prisionera, lejos del rumbo.
Huiste de este y otros tiempos, en busca de algo mejor.
Tu espada acribillada en la vereda, y tu perpetua blancura
son el manto que siempre traerás en tus hombros.

Las sombras se entorpecen con el sol, preferís la oscuridad
el rastro de sol dibuja el movimiento, ese mismo movimiento que antes era placentero.
Tus piernas largas te guían y chocan inmortales ante un semidios desnudo,
ese mismo demonio que te abrió tus peores pecados.

Te dejas caer. Te dejas vencer por la tentación amarga de sus besos.
La prisión es un lugar en el que te sentís cómoda. Estás acostumbrada al encierro.
Pero el circuito de tu mente cambió. Las cadenas se hicieron luz en tu pensamiento
y los deseos que luego fueron besos, no volvieron jamás.

Pedís que te ahorque el placer. Que las manos duelan tanto como puedan doler.
Girás. Aceptás. Temblas. Te movés.
Prisionera, lejos del rumbo. Te quebrás.
Tu espada acribillada en la vereda, y tus manos asustadas marcaron la distancia
y sólo entonces, tu perpetua blancura -la soñada- llegará para siempre hacerte perder.

martes, 19 de marzo de 2013

El túnel y Dormir al sol


Hoy a la mañana terminé de leer “El túnel” de Ernesto Sábato. Es un libro que tengo en la biblioteca hace algunos años, heredado de mi madre o mis tías, no recuerdo. El caso es que la historia me pareció excelente. Inmediatamente me reproché  a mí misma tantos años de no haberlo leído y de tenerlo en mi biblioteca quieto, seguramente escoltado por otros ejemplares. Lo había leído de chica y fue una lectura vaga. Nada de lo que recuerdo de ese libro es como lo leí en esta oportunidad.
Me quedo -sobre todo- con la simple pero a la vez inquietante historia. También, me quedo con algunas frases: “La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad” o “Uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido”
Esta tarde empezaré a leer “Dormir al sol” de Adolfo Bioy Casares. Libro que -recuerdo- heredé de mi tía Ñata. Tengo el presentimiento de que me sucederá lo mismo, y me reprocharé los años de no lectura y de haber mantenido el ejemplar en la biblioteca. Incluso lo presiento porque escuché al propio A.B.C decir en una entrevista que el libro que le gustaba de su obra, es Dormir al Sol. Incluso, lo confirma en el prólogo cuando dice “Yo a veces condeno toda mi obra, pero es porque me olvido de que está Dormir al sol, que quizá la justifique”

lunes, 11 de marzo de 2013

La señora del octavo


Cuando la señora del octavo discute con la hija se refiere a ella como si se tratara de una completa extraña, o algo peor. La subestima, la denigra y la descalifica con severas palabras. La señora del octavo le dice “Mariana, sin mí no sos nada” y ella, casi en tono burlón le dice: “no gasto casi en nada, dirás”.
La señora del octavo, cuando se enoja con su hija, denomina como “el chico” a su nieto menor. Ella, muy enojada le responde “mirá que “el chico” es tu nieto y ya entiende todo, dejó de ser un bebé hace rato”. La señora del octavo le refuta que Benjamín tiene sólo 5 años y no entiende nada.
Mariana, antes de cerrar la puerta del departamento de su madre, le advertirle que aunque le cueste un ojo de la cara, conseguirá una persona y le pagará lo mismo o más de lo que le paga a ella, para que realmente cuide a su hijo. Quizás –le dice- la abuela paterna tenga ánimo, ganas, tiempo y sobre todo amor para sus nietos. Inmediatamente, la señora del octavo la reta: “No entiendo porque siempre te gusta usar grandes palabras para referirte a cosas naturales. Además, sabes bien que la otra abuela es una inútil”- Mariana le responde furiosa: ¿amor es una palabra “grande”? ¿qué clase de desalmada sos mamá?. Esther será una inútil pero por lo menos quiere mucho a sus nietos, y a veces con eso basta.
La señora del octavo escatima siempre decir “te quiero”; “te amo” o cosas por el estilo. Sin embargo, no escatima ciertas frases que reitera con insistencia a sus queridos nietos: “no toquen eso”, “quédense quietos”, “no te muevas más”, “cállate la boca”, “¿quién te dijo que podías agarrar jugo de la heladera?”.
Creo que -si Mariana supiera todo esto con certeza- no le confiaría sus hijos a la señora del octavo. Aunque ésta, sea la abuela de los niños y su propia madre.