jueves, 31 de enero de 2013

Orsai, toma 1


Anoche fui al bar de ORSAI. Ayer y esta mañana son -como dice el post anterior- vísperas del aniversario de la muerte de mi mamá. Es decir, no es un buen momento. Sin embargo, anoche me sorprendí.
Generalmente por estas fechas, prefiero encerrarme en mi casa a leer, escribir o descansar. Me siento mal y no duermo bien,como hoy, pero hoy se lo puedo atribuir al calor. Esta vez, este año, preferí no encerrarme y finalmente, salir.
Llegué a Humberto 1° al 471 con un amigo, Matías. Entrando, enseguida escuché una voz femenina que me decía: "Angie, Angie". Me dí vuelta y allí habían dos chicas, una rubia y otra morocha. La morocha, Paula, me saludaba. Paula es una chica que leí en Facebook. Digo leí porque no la conocía personalmente. Nos relacionamos a través de un grupo en el que participamos. (Club Mundo Porno, en referencia al libro de Juan Manuel Candal). Paula estaba acompañada por Federica, una chica Alemana que vino de intercambio a nuestro país. Nos invitaron a sentarnos y con Matías, no dudamos en hacerlo.
En la mesa contigua estaban Alicia, Luz y una chica a la que no conocía llamada Laura. Me invitaron a sentarme pero les expliqué que estaría en la mesa de atrás, acompañada por Matías, Paula y Federica. Igual, prometí ir visitándolas durante la noche.
El bar tiene su mística. Allí ocurren y se dan cosas lindas. Puedo decir que me sentí como en casa, cómoda. El pequeño escenario, las luces, los techos altos. San Telmo, el verano, la gente. Todo configuraba bien, todo se disponía para sentirme mejor que encerrada. Salí a fumar y me crucé con Josefina Licitra, nos saludamos contentas y ella entró a saludar a todos los demás que allí la esperaban.
Volví a la mesa. Charlamos bastante. Le recomendamos a Federica lugares para visitar aunque ella estaba más informada que nosotros. Desplegó su mapa sobre la mesa y tenía marcados lugares como La casona de Humahuaca, Club Culural Matienzo, Plaza Serrano y otros tantos más. Le recomendé algunas librerías como Crack Up. Le dije también que pase por Parque Chacabuco y Rivadavia. Le sugerí un paseo por las vías del tranvía de Caballito, en la calle Emilio Mitre. También le conté del bar El Banderín y Café Mussetta, los cuales ya conocía. Nos reímos, compartimos y cenamos una rica pizza. Al rato, Hernán Casciari leyó para todos la nota editorial del nuevo número de la Orsai. Todos aplaudimos. Yo pensé "ojalá algún día me pase eso a mí", se lo comenté a todos en la mesa. Matías me sonrió y con una mirada cómplice me dijo "ojalá".
Todo este cuento viene a que, pese al momento que estoy atravesando, lo mejor que pude hacer fue salir y encontrarme con esta gente. Conocí personalmente a Paula, que a su vez me presentó a Federica. Me reencontré con Alicia, que si bien ya la conocía personalmente hacía tiempo que no la veía. Luego la ví a Luz, que la tenía sólo de vista y que tuvo la generosidad de regalarme su libro, recientemente publicado. Además, me presentaron a Laura, una chica muy simpática y sonriente. Yo cumplí mi promesa y pasé por la mesa de ellas varias veces. Me reí, charlamos y luego me despedí hasta la próxima.
El cuento viene, entonces, a que a veces es mejor salir y no encerrarse. Ayer, seguramente iba a quedarme pensando y revolviendo cuestiones que son inherentes a mí. Lo que pasó, pasó. Nada puede cambiar el dolor, pero yo puedo cambiar lo que me pasa con un simple -pero provechoso- encuentro.

miércoles, 30 de enero de 2013

Marina



La operación en mayo de 2007,  había salido bien. Los progresos eran notorios. Luego del pos operatorio, Marina estaba radiante. Cuando su cuerpo se sintió –por fin- bien, decidió comprarse ropa; ropa que antes jamás hubiera pensado lucir. Se compró carteras, botas, sacos, polleras y maquillajes.
Marina había cambiado su actitud frente a la vida. La infancia, no había sido nada fácil y la adolescencia, menos. Había perdido a su padre –la persona que más amaba en el mundo- a los 12 años, cuando aún, era una niña. Su madre quizás por educación, ignorancia o carácter nunca había sido una mujer fácil y mucho menos maternal. Marina resistió golpes, maltrato, gritos y otras cosas de parte de su mamá. La realidad la golpeaba desde el momento en que su padre había fallecido. Sin embargo, Marina en el fondo, era optimista. Como todas las chicas de su edad, quería terminar el colegio, divertirse, salir con amigas y en un futuro, casarse y tener hijos. En el mismo edificio donde vivía, en el barrio de Boedo, Marina conoció el amor. Lo había visto de lejos y sólo sabía que se llamaba Daniel y que además, vivía en el cuarto piso. Lo sabía porque su mamá era la era la encargada del edificio y mientras ella la ayudaba a baldear la vereda, vió a una señora rubia saliendo del ascensor que le dijo al chico: “Daniel, ¿me avisas cuando llegas?”, ahí supo su nombre. Marina sonrió. Se llevaban cuatro años de diferencia, y para esa altura Daniel era un adolescente y Marina una niña. Pasó el tiempo, y se fueron conociendo más. Se acercaron el uno al otro, y decidieron que lo mejor era estar juntos. Se querían mucho y habían encontrado el amor, casi sin querer. Se enviaban cartas, se llamaban por teléfono y buscaban excusas para cruzarse por el edificio. Un día, no pudieron sostener más esas estrategias y Daniel le pidió la mano a Antonia, la madre de Marina. Antonia fríamente les dio su bendición. Años más tarde, a los 19 de ella y a los 23 de él, se casaron. La vida, por fin, era distinta. Juntos se fueron a Mendoza. Daniel trabajaba en un banco de aquella provincia. Se instalaron en una bonita casa de Godoy Cruz junto a Zipi, el perro salchicha de la pareja.
Dos años después algo terrible sucedería. A Marina le diagnosticaron Cáncer y la tuvieron que operar. Fue un largo proceso, hubo mucha incertidumbre y miedo. Tras varios meses de recuperación, Marina volvió a sonreír. La pareja pasó el dolor. Se recuperaron y empezaron a buscar su primer hijo. Luego de algunas dificultades Marina quedó embarazada. La alegría parecía haber llegado para siempre. La felicidad, finalmente, era algo alcanzable. Pero el cáncer la había condicionado –sin que lo supiera- en lo que más deseaba: tener un hijo. Ese bebé no resistió y el cuerpo de Marina tampoco. La pérdida fue enorme, no había consuelo. La pareja había afrontado en poco tiempo, dos enormes tristezas. Nada de lo que deseaban sucedía. Se enfrentaron a momentos de mucha tensión, dolor y sufrimiento. La frustración  los llevó a olvidarse por un tiempo del tema, no sin antes realizar todos los tratamientos posibles para ver qué posibilidades había de poder formar una familia. Los médicos habían sido tajantes: la respuesta era negativa y Marina dejó de sonreír.
Pasaron siete años y luego de un tedioso trámite de adopción, llegó Daniela. Por fin se había cumplido el deseo de ser padres. Marina, volvió a sonreír. Cuatro años más tarde, luego de otro trámite tedioso, llegué yo. Ahora mis papás estaban completos. Nosotras dos les dimos más motivos para estar felices, luego de tanto dolor.
Muchos paseos, regalos, y viajes poblaron nuestra infancia. Algunos momentos duros para mis papás respecto a la economía. Vaivenes de salud de mi mamá. Problemas de tiroides, y en casi todo su cuerpo, excepto el oído y la mente: mamá se acordaba de absolutamente todo, con fechas y horarios. Algunos malestares, algunas pocas peleas con mi abuela materna. Navidades, cumpleaños y hermosos momentos en familia, todos juntos. Mis tíos, mis tías abuelas, mis primos: todo perfecto. Mamá se fue escondiendo, se fue quedando en casa. Yo pensaba que no le copaba estar con nosotros, que algo había hecho yo quizás, y la había molestado tanto como para no venir. Más navidades, más logros y lindos recuerdos. El club Portugués, el parque, los sábados a la tarde con la abuela paterna, las semanas que pasábamos con mis tías en Almagro, los dibujitos y chocolatada. Mamá, se quedaba en casa, se volvía a “esconder”. Yo pensaba, de nuevo, que era porque no tenía ganas de estar con nosotros, o porque simplemente no le gustaba algo que yo había hecho. Digo sobre mí, porque mi hermana siempre se portó mejor. Yo era bastante terremoto, molesta y juguetona. 
Más cumpleaños, más vacaciones en Mar del Plata y de nuevo mamá se sentía mal o algo pasaba. Yo no sabía que pasaba. Papá me decía que estaba todo bien, que estaba cansada. ¿Cansada de qué? Siempre descansa, pensaba.
Empezamos el secundario y nuestra adolescencia. Yo demandaba, pedía, exigía. Mamá no podía. Yo quería, mamá no podía. Yo…no entendía. Daniela lo vivió distinto, ella tenía 4 años más que yo, era más grande y supo conectar mejor con mamá, sin reclamar nada. Yo, necesitaba otras cosas y quería una madre más presente. Quizá por mi condición inicial o mi personalidad. Papá lo era todo. Él me contuvo, me entendía, me escuchaba. Mamá, no podía. Mamá estaba “enojada”, eso creía.
Hay cosas que uno no entiende, y son cosas que uno tiene que entender a su tiempo. Nadie me podía decir aquello que yo tenía que vivir por mí. Daniela y papá entendieron siempre algo que yo entendí tarde. Mamá estaba enferma.
Yo no me di cuenta nunca porque ella nunca se demostró dolorida o triste. Mi mamá sonreía. Yo notaba poco, o no veía, o no entendí. Cuando ella estaba en su habitación, yo no la molestaba porque además de que yo estaba en la mía y salía todo el tiempo, entendía que estaba bien que cada una tuviera su soledad e intimidad. En la cena todo estaba bien. Cenábamos todos juntos, nos reíamos, hablábamos. Al día siguiente, yo me iba al colegio, volvía, hacía la tarea y me iba. Cenábamos y estaba todo bien. Mamá se juntaba con sus amigas en el bar de la esquina de casa a tomar el té, que no era té sino café. Yo me iba a la facultad de filosofía y letras a leer. A la tarde/noche y me iba a casa, porque era la hora que sabía que papá volvía del banco.
Me puse de novia. Conseguí un trabajo. Mamá estaba en casa, en el bar o en el policlínico bancario. ¿Por qué tantos trámites allí? ¿Por qué tantos médicos?, le pregunté. “Control, hija, por control”, me dijo. Yo me quedaba tranquila.
Llegó el 2007 y en la cena nos dicen que mamá se tiene que operar. Yo pensé “bueno, es una operación más”. En esa charla todos dijimos un poco lo mismo: “uy, má que aburrido, otra vez operarte, siempre lo mismo”. A mamá le sacaban todos los años unos pólipos y los analizaban para ver que estuviera todo bien, eso era todo lo que yo sabía y era una intervención, no una OPERACIÓN. Todo liviano, tedioso, pero liviano. Cuando me dijeron que la iban a operar, pensé lo mismo: “será algo más largo que los pólipos. A lo mejor, revisarán otra zona”.
Pocos días después, en una de las charlas con mi papá me explica que no. Me dijo que si bien no tengo que estar preocupada, no es como yo pienso: “vos estás con la facultad, para cuidarla a mamá estoy yo, vos no te tenes que preocupar por nada, pero la operación de mamá es grave”. GRAVE. ¿Cómo grave? ¿Grave como qué? pregunté. “y, es grave ange, grave como que es una operación y mamá no tiene 15 años. Grave como que va a estar mucho tiempo internada y el pos operatorio será importante” Como un rosario, papá me repetía “igual vos no te tenes que preocupar, estás trabajando, con tus cosas, estudiando y no te tenes que preocupar o poner nerviosa, vos que enseguida sufrís del estómago. Te lo digo para que sepas que es algo complicado y tenemos que colaborar todos” yo me quedé más tranquila, pero nerviosa.
Durante ocho horas operaron a mi mamá. Mi hermana y yo, por orden de mi papá, nos quedamos en casa, cuidando a la abuela. Papá nos llamó y nos dijo que todo había salido bien, que estaba dormida, que fue importante y le sacaron muchas cosas. Se refería a que le quitaron parte grande del intestino y del estómago.
Mi hermana y yo entendimos que todo iba a ser difícil pero que todo había salido bien. Yo sentí alivio y pensé “listo, después de esto la van a controlar y nada más, ya no va a sufrir ni ella ni nosotros”. Daniela no sé qué pensó. Sé que nos pusimos de acuerdo en que no teníamos que pelear y acordamos que las dos, teníamos que ayudar a nuestros papás.
Tiempo después volvieron a casa. Mamá estaba muy dolorida e incómoda pero entró con una leve sonrisa. Fueron muchos meses y días hasta que estuvo bien. Yo me acerqué a ella, me fui conectando como nunca antes había sentido. Ella tuvo otra fuerza. Pudimos charlar, me preguntó por mí, por como estaba, que sentía. Hablamos, nos reímos.
Durante los últimos meses del 2008, de mi cumpleaños en junio hasta el la semana del 20 de enero de 2009, fuimos felices.
Mi mamá tenía una vitalidad que nunca habíamos visto. Estaba emprendedora, llena de alegría. Yo, no podía estar más contenta: ella estaba bien, mi papá y hermana también, estaba estudiando periodismo, escribía mucho, me sentía plena. Papá había pasado los vaivenes en el banco (una entidad había absorbido la firma anterior y él tenía miedo de que lo echen, pero por suerte, no había pasado nada). Daniela y yo nos llevábamos bien, todos con mamá así nos sentíamos mejor. Por cuestiones que ahora no recuerdo, pasamos solos los cuatro el 24 de diciembre. Lo que para mí es “la última navidad”. No necesitamos nada, nos teníamos a nosotros mismos. Nos reímos, tomamos, disfrutamos.
Ese fin de año de 2008 nos juntamos con las familias de los que en ese momento, eran nuestros novios. Daniela y Christian. Yo y Rodrigo. Hasta ese entonces, no me había sentido tan feliz. Pasamos un fin de 2008 excelente. Mamá estaba radiante y con papá estaban mejor que nunca. Yo estaba contenta por haber juntado a todos. Estaba alegre porque la familia de Rodrigo se había llevado bien con la mía y además, la familia del novio de mi hermana era tan agradable que daba gusto estar juntos. No podía esperar más de la vida. Estaba trabajando, estudiaba lo que quería. Mamá estaba feliz. Mis papás estaban más juntos que nunca. Yo con mi hermana me sentía muy bien. Mis amigos estaban, mis perros, mis compañeros…todo estaba allí.
La semana del 20 de enero en adelante, no había sido tan buena. Mamá se sentía con algunos dolores, otra vez. Qué raro, pensé. Estaba fatigada, cansada, no podía respirar muy bien. Papá la llevó a la guardia del policlínico. Volvió a casa porque le dijeron que no tenía nada y estaba todo bien respecto de la operación. La mañana del 30 de enero de 2009, me despedí de mi mamá. Rodrigo y yo nos íbamos de vacaciones a Entre Ríos. Era muy temprano, todavía no se había levantado. La desperté y le dije: “má, mami, ¿estás despierta?” Sí, me respondió. “má, me voy. ¿cómo te sentís?” Más o menos, pero anda tranquila, cualquier cosa voy a la guardia. Portate bien y cuídate. Y yo le dije: Sí, si, me cuido pero si te sentís mal anda a la guardia má, no te cuelgues”. No mi amor, voy a ir. Andá tranquila. Ok, le dije. “te quiero mucho ma, cuídate”. “Yo también hija, llamá cuando llegas”. Me di media vuelta, papá estaba mirándonos desde el pasillo. Me acompañó hasta la puerta de casa y le dije “che, pa, llevala al médico a mamá, no la veo bien, ojo”. Sí ange, cualquier cosa la llevo. Buen viaje, llamá.
Agarré mis cosas y me fui con una sensación horrible, no la vi bien. Fuimos a retiro, nos tomamos el micro y nos fuimos a Entre Ríos. Siempre me voy a culpar por haberme ido, siempre. Todos me dijeron que nada cambiaba si estaba acá o allá porque fue todo rápido, en cierta medida. Yo no me lo perdono.
Llegamos a Entre Ríos y nos recibió una tía de Rodrigo. Nos instalamos en la casa, cenamos y dormimos. A la mañana siguiente llamé para ver como estaba mamá. Papá me dijo que estaba en observación porque habían ido a la guardia. La tía de Rodrigo nos dijo si queríamos ir a dar una vuelta por el viejo puerto de Concepción del Uruguay. Fuimos en el auto. Bajamos y miré el cielo, estaba nublado. Saqué unas fotos, y mientras la tía nos contaba sobre la construcción del puerto, me sonó el celular. Era el número de papá pero la voz era de Daniela. Por dentro pensé rápidamente dos cosas: a) papá estaba haciendo algo y no podía hablar b) Daniela me diría algo terrible. Sucedió la segunda opción. Llorando Daniela me dijo “Ange, quédate tranquila pero escuchame”. Yo ya estaba nerviosa, pero escuchaba. “Mamá falleció”. Yo grité. ¿Qué? ¿qué? ¿qué decís, me estas jodiendo Daniela?. “no, no te jodo An, mamá falleció”. Yo volví a gritar, me caí al piso. ¿Qué paso? Como, donde está. 
No veía nada, tenía los ojos llenos de lágrimas y no veía nada. Daniela me empezó a explicar cosas que ahora no recuerdo, ni escuché en ese momento. Sólo sabía que mi mamá se había muerto. Yo le gritaba a mi hermana por teléfono. Daniela lloraba. Yo gritaba, mas y más fuerte. Papá me habló. Tenía una voz que nunca voy a olvidar. Una voz triste, muerta, lúgubre y sin vida me dijo: “Ange, quedate tranquila. Andá a la terminal y sacá un pasaje para cuando puedas y vení. No se puede hacer nada ahora, yo voy a hacer los trámites con Daniela, vos vení”
Tengo un nudo en la garganta ahora, igual que el nudo que tuve ese día. No se puede escribir con palabras lo que sentí. No se puede. No hay nada en el mundo que anime cuando esto pasa. Rodrigo se me acercó, me abrazó, me sostuvo. La tía de Rodrigo, también. Llévenme a la terminal por favor, les dije. La tía de Rodrigo me dijo que lo sentía, y me dijo que si quería ella iba a sacarme el pasaje. Rodrigo me dijo que eso era lo mejor, así nosotros íbamos a buscar los bolsos para irnos. Yo no sabía qué responder, no podía pensar. Hicimos eso.
Milagrosamente había pasaje para volver. El micro salía a la media hora. Llegando a la terminal, le dije a Rodrigo que se quedara, que disfrutara de sus vacaciones, que yo iba sola. Gentilmente, él me dijo que no, que me iba a acompañar. Ahora no estoy más con él, pero agradezco infinitamente su buen gesto y su acompañamiento en ese momento. Yo no podía hacer nada, ni hablar, ni pensar. Sólo lloraba y lloraba. Rodrigo se ocupó de todo, y yo por dentro sólo podía pensar en mi mamá. Nos subimos al micro y el clima allí era otro: los pasajeros charlaban, reían y pedían que pasaran una película. La gente del micro les dio el gusto y pasaron una comedia. Yo llovía.
Llegamos a Buenos Aires. Llamé a papá y de ahí en más no me acuerdo que hice. No sé si fui a mi casa, no sé si fui al policlínico o qué paso. El recuerdo inmediato que tengo es estar en la empresa Caramuto. Allí velaríamos a mi mamá toda la noche.
Cuando entré a la sala vi dos o tres coronas-no recuerdo- y un cajón. No podía ser. No podía creer. Allí estaba mi mamá. Tendida en un cajón, envuelta en tules y telas blancas. Con sus manitos entrelazadas. Pálida. Sus ojos cerrados, su boca tiesa. ¿Cómo estaba allí la mujer que me crio, la mujer que me arropó, me cambió los pañales, que me cuidó? ¿Cómo estaba allí esa mujer que tanto sufrió por mí y por mi hermana, que nos hizo mimos, miles de comidas y nos regaló su sonrisa? ¿cómo estaba allí? ¿por qué mi mamá?...un eterno casette de recuerdos y momentos, vinieron a mi cabeza. Yo la miré y la besé. La toqué.
Familiares y amigos asistieron. Las amigas de mamá, amigos míos, la familia de Rodrigo y de Christian, amigas de mi hermana y otros más que no recuerdo, no por maldad sino porque no registré mucho lo que pasó esa noche.
En la sala, imaginaba que respiraba. Que se despertaba, que volvía. No dormí en toda la noche. No entendí, no caí. Fue el peor sábado a la noche de mi vida.
En abril de 2008 le festejamos un cumpleaños sorpresa. Allí estábamos todos. Mamá le dedicó unas hermosas palabras a los presentes. Primero se refirió a mi papá y le agradeció estar con ella en sus peores momentos. Le dijo que lo amaba muchísimo y que la vida no le había dado salud pero le había dado el mejor marido el mundo. Marina sonreía.
Luego, se refirió a nosotras. Dijo que la vida no le había podido dar hijos pero que le había puesto en sus manos a nosotras. Que mi hermana y yo habíamos entrado en su corazón y nunca íbamos a salir de allí. Que nos quería ver recibidas, casadas y quería ver a sus nietos crecer. También dijo que éramos como la zanahoria del conejo, ella siempre iba a estar detrás nuestro, acompañándonos. Mamá se refirió a mis primos, y a sus amigas. En la sala, me acordé de esas palabras y de todo lo que había pasado desde la operación de 2007. Putié porque pensé “justo ahora que estábamos tan bien, que nosotras habíamos conectado tanto”. Yo me culpé. Me odié. Me detesté por todos los reproches que le hice, por todas las cosas que no entendí de su vida. Porque tarde, me había dado cuenta que mi mamá hizo lo mejor que pudo por nosotras, aún con toda su enfermedad. Se lo dije en la sala. Me lo dije todos los días de mi vida, hasta hoy.

Mañana se cumplen cuatro años de su ausencia física. Por eso me pongo mal hoy, porque es la víspera en la que, como dije antes, yo me fui a Entre Ríos. Ella se puso mal, fue internada…y el cuento ya lo saben. Mañana son cuatro años. Yo siento el dolor como ese día, como el primero, como el último. Yo sé que remover todo esto no me hace bien. Pero también sé que si no escribo, me siento peor. En cierta medida, escribir fue  y es mi salvación.

martes, 29 de enero de 2013

Verte y verme

Verte ahí. Helado, mudo, tendido como una piedra. 
Hediondo, sucio, insolente.
Verte ahí. Como un recuerdo, un mal presagio o un desacertado reflejo de mis actos.
Verte ahí. Desnudo, quieto, apagado. 
Considerar tus partes como partes, sin un todo. 
Con tu olor a hueso, tus párpados brillantes y tu fatigada voz mentirosa.
Verme ahí, esperando algo. Creyendo en el milagro que no pasará jamás. 
Sintiendo cada derrota como una futura revancha o victoria, de un tiempo mejor. 
Verte ahí. Avejentado, temible, desquiciado. Casi como un muerto o un hombre que sólo vive en esta tierra, pero que en verdad, está rendido.

viernes, 25 de enero de 2013

Agredir y escribir

Leo el blog de Luz Marus, una autora que conozco hace poco, pero con la cual me identifico en muchas cosas. Allí Luz escribe: Si decís cosas como “rubia insípida, rubia frívola, rubia tarda”, ¿no es lo mismo que decir: “Sudaca, inmigrante apestosa, volvete a tu país?”  Digo: ¿Cómo es la cosa? ¿Es discriminación sólo si sos morocho? Leo y yo me pregunto lo mismo en un punto. Y éste quizás sea un tema para una próxima entrada. Leyendo algunas opiniones, me llamó la atención lo que -unos comentarios más abajo- escribe un tal "Tito". Esta persona le dice: Sumo en lo objetivo que, por favor, tengas más cuidado en la redacción: eso, asi, con errores y mal redactado no va ni para el diario más berreta. 
Este fue un comentario liviano. El muchacho/a antes había planteado comentarios más fuertes, con inquietudes y sugerencias agresivas, denigrantes y descalificadoras hacia la autora del blog. Y yo digo perdón, pero ¿quién tiene la vaca atada? ¿desde qué lugar esta persona agrede libremente? Si acaso fuera un periodista, escritor, licenciado en letras o lo que fuere, tampoco puede descalificarla como lo hizo. (insisto, no en ese comentario putual), sino con todo lo que dijo antes. Con todo el resentimiento y la bronca que sólo tienen los resentidos. Imagino a este tal Tito en otros nombres. Hay muchos. Y yo, todavía no entiendo el porqué de determinadas agresiones.
Si no se coincide en la forma, el contenido, algunas o todas las frases ¿por qué hay que decirlo agrediendo al escritor? ¿qué se gana? Los que lo hacen ¿no se dan cuenta que esa agresividad descalifica lo que digan, incluso si tienen razón en su crítica?
El otro planteo inmediato es ¿quién escribe perfecto? ¿quién tiene el manual bajo el brazo y redacta sin errores? Todos lo intentamos. Todos los que nos sentamos a escribir lo intentamos, lo juro. Pero en ese intento, siempre y alguna vez, nos equivocamos. ¿Nos van a matar por eso? Hablo por mí y por la autora. Hablo por todos y cada uno de los que escribimos (en un blog, en un diario, en una revista, en facebook, en un cuaderno o en un libro).
Las críticas constructivas y bien intencionadas siempre son bienvenidas. Pero, críticas agresivas, peligrosas y denigrantes ¡no!

jueves, 24 de enero de 2013

Algo del amor

El amor viene de golpe y despacio, aunque todo junto. Casi como esa brisa repentina que sentimos cuando nos acercamos al mar, o como esa pequeña respiración que da el otoño cuando llega. Muchas veces, nos hace respirar más calmados y otras nos condena a derramar lágrimas que -en ese momento- parecen eternas. Luego, todo pasa. Todo. Y en esa experiencia de vivir, sentir y amar, todos elegimos nuevos caminos. Caminos que tal vez, terminen con el cuerpo anterior o renueven las esperanzas que día a día, nos sostienen.



lunes, 21 de enero de 2013

La niña



Hubo una vez una linda y pícara niña. 
Sus ojos eran enormes, negros, azabache. Su pelo largo llevaba moños rojos hacia los costados de su cabeza. Tenía seis años, y una sonrisa que despertaba a los ángeles.
La dulce niña del pasado, volvió para pasear por el jardín. Recogió las flores. Juntó frutillas en su vestido. Disfrutó de los juegos del parque. Se quedó dormida bajo la sombra de un árbol. Despertó con hambre y tomó la leche mientras jugó con un perrito marrón. Luego, se arrodilló para pedirle a Dios su único deseo: volver a ver a su madre.

lunes, 14 de enero de 2013

Intercesora


Mi psiquismo de profundidades, de intensidades; por eso sufro al escribir. Porque quiero, por añadidura, escribir bien, y para eso debería poder remontar a la superficie. No ser superficial sino intercesora, lo cual implica una buena dosis de superficialidad. 
Alejandra Pizarnik - 29/12/1968 (Diarios)

jueves, 10 de enero de 2013

Buscar un maestro

En una de esas entrevistas de autores conocidos y no tan conocidos, una joven escritora -a pedido del reportero- daba un consejo a todo aquel que quiera comenzar a escribir literatura: "búsquense un maestro. Malo, bueno, gruñón, simpático, mujer, hombre o, lo que fuera, pero busquen un maestro".
Pensando en la recomendación, no coincidí. Inmediatamente pensé ¿qué es un maestro? y en esto, claramente, no se trata de hacerle caso a un señor/a de delantal blanco, con una pizarra detrás de su espalda. En esto -dice la autora en cuestión- se trata de encontrar un escritor o entendido de las letras que sepa ayudar y orientar nuestros textos. Siguiendo con esta lógica, vuelvo a preguntar ¿qué es un maestro? ¿Por qué poner en alza, endiosar, y creer que UNA persona actuará como gurú literario en donde puedan descansar nuestras dudas existenciales respecto de la escritura? ¿Acaso no es mejor atravesar el proceso, sufrirlo, padecerlo, amarlo y sentirlo? ¿Acaso no es mejor que todo sea responsabilidad propia y no de un otro? ¿Por qué someternos al juicio de otro y que ese otro, además, disponga de su criterio para bajar o levantar el pulgar de nuestras palabras? Pensé en la cuestión, y sin ningún tipo de soberbia concluí que es mejor equivocarse, sí y si hace falta, pero en soledad. Esto, no quiere decir encerrarse y no compartirlo, sino más bien quiere decir que hay que hacerse cargo, a solas. Además, no quiero hacer cómplice a otro de mi desastre o alegría literaria. En tal caso, quiero ser yo la entera responsable de lo que me suceda. Necesito consejos, sí, claro y sin dudas, pero no un maestro/gurú/persona que decida por mí.

martes, 8 de enero de 2013

El cielo y un deseo


Hace días que -en lo que va de 2013- el cielo está particularmente lindo. No sé si tiene que ver con el verano, las altas temperaturas o simplemente tiene que ver con el hecho de apreciarlo. ¿Cuántos cielos dejamos pasar por no verlos? ¿Cuántas imágenes bonitas perdimos, por no mirar para arriba, un poco más?
Intentaré y es mi deseo, poder mirar el cielo al menos una vez al día, todos los días. Voy a pedir un deseo cada vez que lo haga, y veré si se cumple, como algunos dicen que sucede.

Ejercicio difícil

Es tan difícil decir. Es difícil poner con palabras ciertas cosas. Tan difícil es expresar y no romper o hacer un bollo con cada papel escrito. Es difícil detectar la mediocridad de ciertas frases, y borrarlas.
También es complicado alejarse y leer lo escrito como si lo que se lee fuera de otro. Ese era el consejo que me decían en la facultad de periodismo: "alejate del texto, miralo más tarde y fijate que encontras". Eso puede aplicarse al periodismo donde los datos, las fuentes, y el sentido de la noticia cambian si lo que uno escribe no está cuadrando bien, acorde con la verosimilitud de los hechos, pero, en literatura creo que ahí está parte del error que vuelvo a cometer. Uno no puede mirarse como si fuera otro, porque uno ES ese mismo que escribe. Leerse a uno mismo es reconocerse en las propias palabras, dentro de un papel.
Pensando en la cuestión, creo que éste debe ser el ejercicio literario que mayor dificultad personal requiera: aceptar a ese "yo" como el escriba. Aceptar que lo que se quiere - desde un principio y al final- es escribir. Aceptar que esas sucias, lindas, nefastas, tristes, alegres y expresivas frases, son las propias palabras. Palabras que salen disparando como gaviotas o que permanecen en el borde de la baranda, a punto de partir.

jueves, 3 de enero de 2013

363 y contando...


Hubo ganas. Hubo deseo. Hubo memoria. Hubo tiempo. Tuvimos 365 oportunidades. Robamos 1893 besos. Latimos 30875 veces. Cantamos. Reímos. Lloramos. Sentimos. 
Dolió saber el final. Amamos obedecer el principio. Supimos que la primavera iba a pasar. Por fin, desnudamos los recuerdos y vivimos lo que deseábamos vivir. 
Estuvimos enteros, rotos, vacíos, secos, ahogados, petrificados, en paz, ansiosos, tercos, persistentes, necios, obsecuentes y libertinos. Alzamos 415 copas, sonreímos 865 veces, dijimos sí 997 y pronunciamos "no" otras 225. 
Esperamos, aguantamos, permitimos, nos cansamos y hasta suplicamos cariño. Dijimos basta, pero, sin embargo, mientras, y muchos te quiero. Mentimos, fuimos sinceros, nos acobardamos, sentimos, rompimos, pedimos y vivimos. 
Aún nos quedan 363 oportunidades, contando desde YA, a partir de HOY...