miércoles, 30 de enero de 2013

Marina



La operación en mayo de 2007,  había salido bien. Los progresos eran notorios. Luego del pos operatorio, Marina estaba radiante. Cuando su cuerpo se sintió –por fin- bien, decidió comprarse ropa; ropa que antes jamás hubiera pensado lucir. Se compró carteras, botas, sacos, polleras y maquillajes.
Marina había cambiado su actitud frente a la vida. La infancia, no había sido nada fácil y la adolescencia, menos. Había perdido a su padre –la persona que más amaba en el mundo- a los 12 años, cuando aún, era una niña. Su madre quizás por educación, ignorancia o carácter nunca había sido una mujer fácil y mucho menos maternal. Marina resistió golpes, maltrato, gritos y otras cosas de parte de su mamá. La realidad la golpeaba desde el momento en que su padre había fallecido. Sin embargo, Marina en el fondo, era optimista. Como todas las chicas de su edad, quería terminar el colegio, divertirse, salir con amigas y en un futuro, casarse y tener hijos. En el mismo edificio donde vivía, en el barrio de Boedo, Marina conoció el amor. Lo había visto de lejos y sólo sabía que se llamaba Daniel y que además, vivía en el cuarto piso. Lo sabía porque su mamá era la era la encargada del edificio y mientras ella la ayudaba a baldear la vereda, vió a una señora rubia saliendo del ascensor que le dijo al chico: “Daniel, ¿me avisas cuando llegas?”, ahí supo su nombre. Marina sonrió. Se llevaban cuatro años de diferencia, y para esa altura Daniel era un adolescente y Marina una niña. Pasó el tiempo, y se fueron conociendo más. Se acercaron el uno al otro, y decidieron que lo mejor era estar juntos. Se querían mucho y habían encontrado el amor, casi sin querer. Se enviaban cartas, se llamaban por teléfono y buscaban excusas para cruzarse por el edificio. Un día, no pudieron sostener más esas estrategias y Daniel le pidió la mano a Antonia, la madre de Marina. Antonia fríamente les dio su bendición. Años más tarde, a los 19 de ella y a los 23 de él, se casaron. La vida, por fin, era distinta. Juntos se fueron a Mendoza. Daniel trabajaba en un banco de aquella provincia. Se instalaron en una bonita casa de Godoy Cruz junto a Zipi, el perro salchicha de la pareja.
Dos años después algo terrible sucedería. A Marina le diagnosticaron Cáncer y la tuvieron que operar. Fue un largo proceso, hubo mucha incertidumbre y miedo. Tras varios meses de recuperación, Marina volvió a sonreír. La pareja pasó el dolor. Se recuperaron y empezaron a buscar su primer hijo. Luego de algunas dificultades Marina quedó embarazada. La alegría parecía haber llegado para siempre. La felicidad, finalmente, era algo alcanzable. Pero el cáncer la había condicionado –sin que lo supiera- en lo que más deseaba: tener un hijo. Ese bebé no resistió y el cuerpo de Marina tampoco. La pérdida fue enorme, no había consuelo. La pareja había afrontado en poco tiempo, dos enormes tristezas. Nada de lo que deseaban sucedía. Se enfrentaron a momentos de mucha tensión, dolor y sufrimiento. La frustración  los llevó a olvidarse por un tiempo del tema, no sin antes realizar todos los tratamientos posibles para ver qué posibilidades había de poder formar una familia. Los médicos habían sido tajantes: la respuesta era negativa y Marina dejó de sonreír.
Pasaron siete años y luego de un tedioso trámite de adopción, llegó Daniela. Por fin se había cumplido el deseo de ser padres. Marina, volvió a sonreír. Cuatro años más tarde, luego de otro trámite tedioso, llegué yo. Ahora mis papás estaban completos. Nosotras dos les dimos más motivos para estar felices, luego de tanto dolor.
Muchos paseos, regalos, y viajes poblaron nuestra infancia. Algunos momentos duros para mis papás respecto a la economía. Vaivenes de salud de mi mamá. Problemas de tiroides, y en casi todo su cuerpo, excepto el oído y la mente: mamá se acordaba de absolutamente todo, con fechas y horarios. Algunos malestares, algunas pocas peleas con mi abuela materna. Navidades, cumpleaños y hermosos momentos en familia, todos juntos. Mis tíos, mis tías abuelas, mis primos: todo perfecto. Mamá se fue escondiendo, se fue quedando en casa. Yo pensaba que no le copaba estar con nosotros, que algo había hecho yo quizás, y la había molestado tanto como para no venir. Más navidades, más logros y lindos recuerdos. El club Portugués, el parque, los sábados a la tarde con la abuela paterna, las semanas que pasábamos con mis tías en Almagro, los dibujitos y chocolatada. Mamá, se quedaba en casa, se volvía a “esconder”. Yo pensaba, de nuevo, que era porque no tenía ganas de estar con nosotros, o porque simplemente no le gustaba algo que yo había hecho. Digo sobre mí, porque mi hermana siempre se portó mejor. Yo era bastante terremoto, molesta y juguetona. 
Más cumpleaños, más vacaciones en Mar del Plata y de nuevo mamá se sentía mal o algo pasaba. Yo no sabía que pasaba. Papá me decía que estaba todo bien, que estaba cansada. ¿Cansada de qué? Siempre descansa, pensaba.
Empezamos el secundario y nuestra adolescencia. Yo demandaba, pedía, exigía. Mamá no podía. Yo quería, mamá no podía. Yo…no entendía. Daniela lo vivió distinto, ella tenía 4 años más que yo, era más grande y supo conectar mejor con mamá, sin reclamar nada. Yo, necesitaba otras cosas y quería una madre más presente. Quizá por mi condición inicial o mi personalidad. Papá lo era todo. Él me contuvo, me entendía, me escuchaba. Mamá, no podía. Mamá estaba “enojada”, eso creía.
Hay cosas que uno no entiende, y son cosas que uno tiene que entender a su tiempo. Nadie me podía decir aquello que yo tenía que vivir por mí. Daniela y papá entendieron siempre algo que yo entendí tarde. Mamá estaba enferma.
Yo no me di cuenta nunca porque ella nunca se demostró dolorida o triste. Mi mamá sonreía. Yo notaba poco, o no veía, o no entendí. Cuando ella estaba en su habitación, yo no la molestaba porque además de que yo estaba en la mía y salía todo el tiempo, entendía que estaba bien que cada una tuviera su soledad e intimidad. En la cena todo estaba bien. Cenábamos todos juntos, nos reíamos, hablábamos. Al día siguiente, yo me iba al colegio, volvía, hacía la tarea y me iba. Cenábamos y estaba todo bien. Mamá se juntaba con sus amigas en el bar de la esquina de casa a tomar el té, que no era té sino café. Yo me iba a la facultad de filosofía y letras a leer. A la tarde/noche y me iba a casa, porque era la hora que sabía que papá volvía del banco.
Me puse de novia. Conseguí un trabajo. Mamá estaba en casa, en el bar o en el policlínico bancario. ¿Por qué tantos trámites allí? ¿Por qué tantos médicos?, le pregunté. “Control, hija, por control”, me dijo. Yo me quedaba tranquila.
Llegó el 2007 y en la cena nos dicen que mamá se tiene que operar. Yo pensé “bueno, es una operación más”. En esa charla todos dijimos un poco lo mismo: “uy, má que aburrido, otra vez operarte, siempre lo mismo”. A mamá le sacaban todos los años unos pólipos y los analizaban para ver que estuviera todo bien, eso era todo lo que yo sabía y era una intervención, no una OPERACIÓN. Todo liviano, tedioso, pero liviano. Cuando me dijeron que la iban a operar, pensé lo mismo: “será algo más largo que los pólipos. A lo mejor, revisarán otra zona”.
Pocos días después, en una de las charlas con mi papá me explica que no. Me dijo que si bien no tengo que estar preocupada, no es como yo pienso: “vos estás con la facultad, para cuidarla a mamá estoy yo, vos no te tenes que preocupar por nada, pero la operación de mamá es grave”. GRAVE. ¿Cómo grave? ¿Grave como qué? pregunté. “y, es grave ange, grave como que es una operación y mamá no tiene 15 años. Grave como que va a estar mucho tiempo internada y el pos operatorio será importante” Como un rosario, papá me repetía “igual vos no te tenes que preocupar, estás trabajando, con tus cosas, estudiando y no te tenes que preocupar o poner nerviosa, vos que enseguida sufrís del estómago. Te lo digo para que sepas que es algo complicado y tenemos que colaborar todos” yo me quedé más tranquila, pero nerviosa.
Durante ocho horas operaron a mi mamá. Mi hermana y yo, por orden de mi papá, nos quedamos en casa, cuidando a la abuela. Papá nos llamó y nos dijo que todo había salido bien, que estaba dormida, que fue importante y le sacaron muchas cosas. Se refería a que le quitaron parte grande del intestino y del estómago.
Mi hermana y yo entendimos que todo iba a ser difícil pero que todo había salido bien. Yo sentí alivio y pensé “listo, después de esto la van a controlar y nada más, ya no va a sufrir ni ella ni nosotros”. Daniela no sé qué pensó. Sé que nos pusimos de acuerdo en que no teníamos que pelear y acordamos que las dos, teníamos que ayudar a nuestros papás.
Tiempo después volvieron a casa. Mamá estaba muy dolorida e incómoda pero entró con una leve sonrisa. Fueron muchos meses y días hasta que estuvo bien. Yo me acerqué a ella, me fui conectando como nunca antes había sentido. Ella tuvo otra fuerza. Pudimos charlar, me preguntó por mí, por como estaba, que sentía. Hablamos, nos reímos.
Durante los últimos meses del 2008, de mi cumpleaños en junio hasta el la semana del 20 de enero de 2009, fuimos felices.
Mi mamá tenía una vitalidad que nunca habíamos visto. Estaba emprendedora, llena de alegría. Yo, no podía estar más contenta: ella estaba bien, mi papá y hermana también, estaba estudiando periodismo, escribía mucho, me sentía plena. Papá había pasado los vaivenes en el banco (una entidad había absorbido la firma anterior y él tenía miedo de que lo echen, pero por suerte, no había pasado nada). Daniela y yo nos llevábamos bien, todos con mamá así nos sentíamos mejor. Por cuestiones que ahora no recuerdo, pasamos solos los cuatro el 24 de diciembre. Lo que para mí es “la última navidad”. No necesitamos nada, nos teníamos a nosotros mismos. Nos reímos, tomamos, disfrutamos.
Ese fin de año de 2008 nos juntamos con las familias de los que en ese momento, eran nuestros novios. Daniela y Christian. Yo y Rodrigo. Hasta ese entonces, no me había sentido tan feliz. Pasamos un fin de 2008 excelente. Mamá estaba radiante y con papá estaban mejor que nunca. Yo estaba contenta por haber juntado a todos. Estaba alegre porque la familia de Rodrigo se había llevado bien con la mía y además, la familia del novio de mi hermana era tan agradable que daba gusto estar juntos. No podía esperar más de la vida. Estaba trabajando, estudiaba lo que quería. Mamá estaba feliz. Mis papás estaban más juntos que nunca. Yo con mi hermana me sentía muy bien. Mis amigos estaban, mis perros, mis compañeros…todo estaba allí.
La semana del 20 de enero en adelante, no había sido tan buena. Mamá se sentía con algunos dolores, otra vez. Qué raro, pensé. Estaba fatigada, cansada, no podía respirar muy bien. Papá la llevó a la guardia del policlínico. Volvió a casa porque le dijeron que no tenía nada y estaba todo bien respecto de la operación. La mañana del 30 de enero de 2009, me despedí de mi mamá. Rodrigo y yo nos íbamos de vacaciones a Entre Ríos. Era muy temprano, todavía no se había levantado. La desperté y le dije: “má, mami, ¿estás despierta?” Sí, me respondió. “má, me voy. ¿cómo te sentís?” Más o menos, pero anda tranquila, cualquier cosa voy a la guardia. Portate bien y cuídate. Y yo le dije: Sí, si, me cuido pero si te sentís mal anda a la guardia má, no te cuelgues”. No mi amor, voy a ir. Andá tranquila. Ok, le dije. “te quiero mucho ma, cuídate”. “Yo también hija, llamá cuando llegas”. Me di media vuelta, papá estaba mirándonos desde el pasillo. Me acompañó hasta la puerta de casa y le dije “che, pa, llevala al médico a mamá, no la veo bien, ojo”. Sí ange, cualquier cosa la llevo. Buen viaje, llamá.
Agarré mis cosas y me fui con una sensación horrible, no la vi bien. Fuimos a retiro, nos tomamos el micro y nos fuimos a Entre Ríos. Siempre me voy a culpar por haberme ido, siempre. Todos me dijeron que nada cambiaba si estaba acá o allá porque fue todo rápido, en cierta medida. Yo no me lo perdono.
Llegamos a Entre Ríos y nos recibió una tía de Rodrigo. Nos instalamos en la casa, cenamos y dormimos. A la mañana siguiente llamé para ver como estaba mamá. Papá me dijo que estaba en observación porque habían ido a la guardia. La tía de Rodrigo nos dijo si queríamos ir a dar una vuelta por el viejo puerto de Concepción del Uruguay. Fuimos en el auto. Bajamos y miré el cielo, estaba nublado. Saqué unas fotos, y mientras la tía nos contaba sobre la construcción del puerto, me sonó el celular. Era el número de papá pero la voz era de Daniela. Por dentro pensé rápidamente dos cosas: a) papá estaba haciendo algo y no podía hablar b) Daniela me diría algo terrible. Sucedió la segunda opción. Llorando Daniela me dijo “Ange, quédate tranquila pero escuchame”. Yo ya estaba nerviosa, pero escuchaba. “Mamá falleció”. Yo grité. ¿Qué? ¿qué? ¿qué decís, me estas jodiendo Daniela?. “no, no te jodo An, mamá falleció”. Yo volví a gritar, me caí al piso. ¿Qué paso? Como, donde está. 
No veía nada, tenía los ojos llenos de lágrimas y no veía nada. Daniela me empezó a explicar cosas que ahora no recuerdo, ni escuché en ese momento. Sólo sabía que mi mamá se había muerto. Yo le gritaba a mi hermana por teléfono. Daniela lloraba. Yo gritaba, mas y más fuerte. Papá me habló. Tenía una voz que nunca voy a olvidar. Una voz triste, muerta, lúgubre y sin vida me dijo: “Ange, quedate tranquila. Andá a la terminal y sacá un pasaje para cuando puedas y vení. No se puede hacer nada ahora, yo voy a hacer los trámites con Daniela, vos vení”
Tengo un nudo en la garganta ahora, igual que el nudo que tuve ese día. No se puede escribir con palabras lo que sentí. No se puede. No hay nada en el mundo que anime cuando esto pasa. Rodrigo se me acercó, me abrazó, me sostuvo. La tía de Rodrigo, también. Llévenme a la terminal por favor, les dije. La tía de Rodrigo me dijo que lo sentía, y me dijo que si quería ella iba a sacarme el pasaje. Rodrigo me dijo que eso era lo mejor, así nosotros íbamos a buscar los bolsos para irnos. Yo no sabía qué responder, no podía pensar. Hicimos eso.
Milagrosamente había pasaje para volver. El micro salía a la media hora. Llegando a la terminal, le dije a Rodrigo que se quedara, que disfrutara de sus vacaciones, que yo iba sola. Gentilmente, él me dijo que no, que me iba a acompañar. Ahora no estoy más con él, pero agradezco infinitamente su buen gesto y su acompañamiento en ese momento. Yo no podía hacer nada, ni hablar, ni pensar. Sólo lloraba y lloraba. Rodrigo se ocupó de todo, y yo por dentro sólo podía pensar en mi mamá. Nos subimos al micro y el clima allí era otro: los pasajeros charlaban, reían y pedían que pasaran una película. La gente del micro les dio el gusto y pasaron una comedia. Yo llovía.
Llegamos a Buenos Aires. Llamé a papá y de ahí en más no me acuerdo que hice. No sé si fui a mi casa, no sé si fui al policlínico o qué paso. El recuerdo inmediato que tengo es estar en la empresa Caramuto. Allí velaríamos a mi mamá toda la noche.
Cuando entré a la sala vi dos o tres coronas-no recuerdo- y un cajón. No podía ser. No podía creer. Allí estaba mi mamá. Tendida en un cajón, envuelta en tules y telas blancas. Con sus manitos entrelazadas. Pálida. Sus ojos cerrados, su boca tiesa. ¿Cómo estaba allí la mujer que me crio, la mujer que me arropó, me cambió los pañales, que me cuidó? ¿Cómo estaba allí esa mujer que tanto sufrió por mí y por mi hermana, que nos hizo mimos, miles de comidas y nos regaló su sonrisa? ¿cómo estaba allí? ¿por qué mi mamá?...un eterno casette de recuerdos y momentos, vinieron a mi cabeza. Yo la miré y la besé. La toqué.
Familiares y amigos asistieron. Las amigas de mamá, amigos míos, la familia de Rodrigo y de Christian, amigas de mi hermana y otros más que no recuerdo, no por maldad sino porque no registré mucho lo que pasó esa noche.
En la sala, imaginaba que respiraba. Que se despertaba, que volvía. No dormí en toda la noche. No entendí, no caí. Fue el peor sábado a la noche de mi vida.
En abril de 2008 le festejamos un cumpleaños sorpresa. Allí estábamos todos. Mamá le dedicó unas hermosas palabras a los presentes. Primero se refirió a mi papá y le agradeció estar con ella en sus peores momentos. Le dijo que lo amaba muchísimo y que la vida no le había dado salud pero le había dado el mejor marido el mundo. Marina sonreía.
Luego, se refirió a nosotras. Dijo que la vida no le había podido dar hijos pero que le había puesto en sus manos a nosotras. Que mi hermana y yo habíamos entrado en su corazón y nunca íbamos a salir de allí. Que nos quería ver recibidas, casadas y quería ver a sus nietos crecer. También dijo que éramos como la zanahoria del conejo, ella siempre iba a estar detrás nuestro, acompañándonos. Mamá se refirió a mis primos, y a sus amigas. En la sala, me acordé de esas palabras y de todo lo que había pasado desde la operación de 2007. Putié porque pensé “justo ahora que estábamos tan bien, que nosotras habíamos conectado tanto”. Yo me culpé. Me odié. Me detesté por todos los reproches que le hice, por todas las cosas que no entendí de su vida. Porque tarde, me había dado cuenta que mi mamá hizo lo mejor que pudo por nosotras, aún con toda su enfermedad. Se lo dije en la sala. Me lo dije todos los días de mi vida, hasta hoy.

Mañana se cumplen cuatro años de su ausencia física. Por eso me pongo mal hoy, porque es la víspera en la que, como dije antes, yo me fui a Entre Ríos. Ella se puso mal, fue internada…y el cuento ya lo saben. Mañana son cuatro años. Yo siento el dolor como ese día, como el primero, como el último. Yo sé que remover todo esto no me hace bien. Pero también sé que si no escribo, me siento peor. En cierta medida, escribir fue  y es mi salvación.

9 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Me has conmovido Angie.

Me permito decirte que la vida es así, es una frase tonta, pero es real. Si te hubieras quedado, ella se hubiera sentido culpable de que te perdías tus días de descanso.
Hay un lugar para los seres que amamos y se nos adelantan en su viaje final, allí tu madre sigue cuidando tus pasos y debe sufrir de verte tan triste.

Un abrazo.

mariarosa

Proyecto Jacarandá dijo...

An... Lloré con tu relato, lloré porque se lo que es perder una mamá y lo que eso conlleva: culpas, enojos, indignación, en fin ganas de romper todo y gritar...
Y extrañarla, a veces tanto tanto que es insoportable y llevar con nosotras el recuerdo de ese día.

Celes

Angie Pagnotta dijo...

Mariarosa, gracias por tus palabras.
Intenté mantener el relato lo mas verosímil posible, y así fue.
Seguramente sea como decís y ella esté cuidando mis pasos.
Otro abrazo y gracias nuevamente.


Celes, gracias. Se que vos entendés muy bien lo que me pasó, lo viviste y vivis en carne propia. Las dos tan chicas, tan jóvenes. Te mando un abrazote enorme linda. Besos y fuerza

Laura Petrone dijo...

Me conmoviste hasta las lágrimas Angie, no puedo decir más, una injusticia que se las hayan arrancado de sus vidas así.Muy triste, pasaron cuatro años y sufro la partida de Marina como ese fatídico día, fue un ejemplo de vida para mí. Beso grande.

Angie Pagnotta dijo...

Lau querida, yo se que vos sentís el dolor como nosotros porque fuiste y sos parte de nuestra familia. Indudablemente, es injusto. La vida, supongo, es así. La enorme alegría, la tristeza, lo difícil, lo duro, lo inmensamente feliz.
¡Un abrazo grande!

José Leonardo Mejía dijo...

Wow, yo perdí a mi vieja cuando tenía ocho años, fue el dolor más terrible de mi vida, aun recuerdo ese ser maravilloso que fue mi madre, y por eso te acompaño en tu dolor

Angie Pagnotta dijo...

Gracias José, gracias por entenderme y compartir el dolor. Un beso grande y muchas gracias por comentar. Un beso grande

G.A. dijo...

Angie, no sabés de qué manera, cuánto, con cuánta intensidad leí este relato tan doloroso. No es por azar, claro que no. No puedo decir tanto al respecto porque me es muy difícil, pero pasé por algo muy muy parecido. Y en cada frase, en cada escena, en tus lágrimas, me veía a mí, a mi historia, a mis frases, a mis escenas, a mis lágrimas.
Lloré mucho. Y te lo agradezco.Sí, te lo agradezco.
Te abrazo fuerte.
Gaby

Anónimo dijo...

No me preguntes como llegue acá, leí el texto por completo y sentí la enorme necesidad de dejar unas palabras ya que en gran parte, todo el tiempo que estuvimos juntos, Marina fue una especie de segunda madre para mí, tanto de ella como de tu papa, aprendí grandes valores que supe exponerlos a lo largo de este tiempo.
Agradezco infinitamente el cariño condicional e incondicional que siempre me tuvo, todavía recuerdo con una mueca en mi boca, los cruces que teníamos, simples miradas cómplices, que daban a entender miles de cosas, una gran persona, una gran mujer, pero sobre toda las cosas, una gran madre.
Aprecio inmenso Ange

Rodrigo