viernes, 16 de septiembre de 2011

Crónica del último viaje


A diferencia de Colón o Paraná, la ciudad de Concepción del Uruguay está mucho mejor dispuesta al turismo. Al recorrer la provincia de Entre Ríos, los distintos departamentos muestran un paisaje que cambia, no sólo para el álbum de fotos. Llegamos a mediados de enero en una de las mañanas más calurosas del mes. En la terminal ubicada a diez cuadras del centro comercial no corría aire y los ventiladores no funcionaban. Los vendedores ambulantes y la voz nasal de una mujer en el altoparlante, terminaban de vestir un mapa típico de turistas, viajeros y micros.
Los ciudadanos de Concepción son cálidos y en seguida orientan a los visitantes. Los precios son accesibles tanto para acampar como para alquilar una cabaña o departamento y lo mejor de la ciudad es que lugares para visitar como  museos o plazas, están muy bien adaptados al turismo, más que en otras partes de la misma provincia.
La parada inicial fue a las diez de la mañana en la casa de una tía del que en ese momento era mi novio, Rodrigo. Nos recibió una señora de 86 años que vivía en un caserón, estaba algo ciega y no podía movilizarse con facilidad. Mientras tomábamos mates, llegó Sara, la prima de mi novio y Manuel, su marido. Nos preguntaron si queríamos conocer el puerto y sin dudas aprovechamos la invitación y el lindo día que había en Entre Ríos. Tomamos un remis que a penas nos cobró pocos pesos por un viaje de 30 cuadras. En esta provincia, las remiserías tienen precios exageradamente accesibles, incluso son mucho más baratos que los colectivos. Al llegar al puerto empecé a tomar fotografías de los barcos, del río y de los árboles. Íbamos bajando una colina, cuando siento en mi bolso la vibración del celular.
-         “Hola Ann, cómo estás?”era mi hermana. En ese momento dudé de si había llamado a mi papá para avisarle que habíamos llegado bien.
-         ¿cómo estás pasó algo?
Con la voz mareada y confundida me dice que si.
-         ¿Qué pasó?
Se escuchó un silencio eterno del otro lado y le repetí, casi gritando: - ¿Qué pasó decime?
Y escuché las dos peores palabras que oí en mi vida: - Falleció mamá.
Un mar de lágrimas se adueñó repentinamente de mis ojos, ya no veía nada y tenía completamente nublada la vista, como ahora al recordar.
No pude entender y creo que nunca entendí del todo.
Mis cuerdas vocales se adueñaron de mí y contesté ¿Que?¿Me estás cargando? ¿Me estás hablando en serio? ¿Qué decís? ¿Por qué? ¿Qué pasó?
Todas mis preguntas no tenían respuesta. O mejor dicho, nada de lo que me dijeran aliviaría todas las sensaciones difíciles y pesadas que sentí. Sólo sabía que un estúpido cáncer había terminado con la mujer que amé y me supo amar.
Mi novio me abrazó en silencio o yo no escuche sus palabras. La prima de él lloraba, Manuel miraba sorprendido. Rodrigo me decía “tranquila, tranquila” mientras me acariciaba el pelo. Yo sólo quería estar en Buenos Aires con mi mamá, salir corriendo de ahí, despertarme o morir.
Al día de hoy, no recuerdo como fue que al rato estaba sentada en un micro. Pasaban la película “Sol de otoño”. Sentía los ojos de los demás pasajeros en mí, de toda la gente que tenía cerca, supongo que se habrán preguntado ¿Por qué llorará tanto esta chica?
Yo no paraba de llorar y el clima en el ómnibus era otro: verano, vacaciones, pileta, río, sol.
Mi celular se estaba quedando sin batería y yo también. Me dieron algo de comer y tomar, dejé todo a un costado. El viaje fue eterno, ya no soportaba más el micro.
Me faltaba el aire pero me encerré en el baño a llorar e intentar respirar por la ventana circular típica de los ómnibus, pero era peor, estaba ahogada.
Volví al asiento, tenía los ojos y la mirada perdidos. Flashes de imágenes iban y venían en mi cabeza. Recordé cuando fui abanderada, los actos del colegio, las caricias en el pelo durante la sobremesa, los mimos en la espalda y los abrazos infinitos. Todos mis dibujos, mis cartas, mis regalos hacia ella. Todo su amor hacia mí, y su ausencia que siempre sentí aún cuando estaba conmigo, ausencia que sabía nunca más terminaría.
Con todo el dolor que sólo entienden los que perdimos tan jóvenes/niños a una madre o un padre, con todo ese inmenso dolor a cuestas y en mi espalda, bajé del micro. Tomé un taxi hacia la funeraria y al llegar lloré en los brazos de mi papá y mi hermana.
Quise ser fuerte y que no me vieran así pero fue inevitable, no pude ser fuerte.
Entré al cuarto donde estaba el cuerpo de mi madre. La vi de lejos, inerte, quieta, muda. Su blancura, sus pestañas, sus cejas duras y sus labios sin color. Una inminente palidez la envolvía, sus ojos cerrados, su mueca impávida y su terciopelo en la piel me restaron ganas de respirar. Un grito hondo salió de mi pecho pidiendo auxilio, suplicando. La lluvia empezó a caer por la ventana, el día se vistió de gris y mis ojos no pararon de derrumbar todos los mares. Desde ese viaje, desde ese momento yo ya no fui la misma nunca más.

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