miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nicolás

Húmedos y con dos gotas de perfume.
Sus dedos suaves como algodones.
Su pecho firme y su espalda es como un océano transparente.

Sus lunares en la cara son pequeñas pintitas de cielo.
Su voz inmensa y dulce al decirme en el oído te quiero.
Su suave mirada de niño, su reveldía inmoral en las manos.

Despacio. Muy lento.
Analizando cada diferencia del cuerpo en la propia.
Buscando simetrías para permanecer.

Duermo. Duerme.
Sus manos rodean mis hombros, cierro los ojos para soñarlo.
Caigo en la tentación de nuevo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

que relato tan seductor
saludos
j.--