martes, 18 de agosto de 2009

Seda Blanca

El desdén de los ojos de aquel hombre, le marcaba las pulsaciones del corazón. Su caminata poco disimulaba su estremecimiento. Los ojos del caballero se depositaron en sus caderas, en la contorsión perfecta que ejercían al caminar. El sexo del hombre despertó en un oportuno latir. La caminata de esa mujer lo enloquecía, aún con los nervios que delataba. Un suave vestido de seda blanco cubría un hombro y un poco sus rodillas. Aquella figura tímida y sensual lo excitaban. En el precipicio del pantalón que vestía acontecían extrañas verdades. La mujer, ya no podía controlar su mirada, sabía que quería, sabía que tendría. Fue entonces cuando aproximó la mano a su entrepierna y arremetió. Un beso sin calma, con estremecimiento y saliva, sacudió los labios de la señorita, que mucho menor que el caballero, lo absorbió entre su lengua.

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