martes, 25 de agosto de 2009

Dejando ir


Detrás de su hermosa voz, se desprendía un recuerdo con aroma de silencio tácito en el aire. Sus ojos escondían un secreto inmenso. Una tibia sonrisa asomaba entre sus labios al hablar. Era un hombre elocuente, no me cansaría de admirar esa virtud.

Su caminar era pausado, lento, casi doloroso por el paso de los años.

La presencia de su hombría encantaba a cualquiera que supiera mirarlo, que supiera entender lo que sus ojos revelaban. Tiempo al tiempo, la distancia nos separó. Los caminos se bifurcaron y el beso del adiós quedó pendiente en nuestras mejillas.

Una noche, en una calle que raras veces frecuentaba, lo encontré. Se cruzaron nuestros ojos para siempre y el flechazo fue intenso.

Una vez más: el adiós.

Una vez más: sonríen, se saludan y se van.

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